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La dignidad humana no es negociable

  • hace 1 hora
  • 5 Min. de lectura



  Mons. Mark J. Seitz, Obispo de El Paso



En el marco del Foro de Revisión Internacional de la Migración (FEMI), celebrado en la ciudad de Nueva York del 5 al 8 de mayo, se destacó la significativa participación de Mons. Mark J. Seitz Obispo de El Paso en uno de los eventos paralelos desarrollados durante la jornada. Su intervención aportó una reflexión profunda y comprometida sobre la realidad migratoria contemporánea, en diálogo con representantes de diversos sectores y países. A continuación, compartimos el texto íntegro:

 

1.         Comienzo afirmando con convicción: toda política migratoria debe fundamentarse en el reconocimiento dela dignidad humana inherente a cada persona. No podemos ni debemos tratar la migración como un contingente estadístico o como una cuestión estrictamente técnica; estamos hablando de vidas concretas.Desde el magisterio de la Iglesia, esa dignidad es innegociable y orienta nuestro juicio y nuestra acción. La migración es a la vez síntoma de un mundo quebrantado y un llamado a construir un futuro común sobre bases más sólidas. La Iglesia ha afirmado con frecuencia que el primer derecho de toda persona es poder permanecer donde está, con seguridad y con la posibilidad de obtener los medios necesarios para su vida y la de su familia. La migración es un llamado a que las naciones se apoyen mutuamente para alcanzar ese objetivo compartido. Las realidades sociales, económicas y políticas son fuerzas que determinan los flujos de población. En un mundo sano, esos flujos tendrán que regularizarse de forma equilibrada y las autoridades fronterizas encargarse de impedir que actores mal intencionados aprovechen el sistema.

 

2.         En ese sentido, quiero expresar profunda preocupación por las políticas de securitización, la externalización de fronteras, las estrategias de contención y cualquier forma de violencia que vulnera derechos y pone en riesgo la vida de los migrantes. Ninguna política, por legítima que se considere en términos de seguridad o control, puede justificar la deshumanización de quienes se ven forzados a migrar. La lógica de la securitización que prioriza intereses administrativos o políticos, o la lógica del mercado que se beneficia de la vulnerabilidad ajena, no puede prevalecer sobre la humanidad de una persona ni sobre el mandato ético de proteger a los más vulnerables.

 

3.         Las organizaciones de base eclesial realizan diariamente una labor esencial: acogen, protegen, promueven e integran. Parroquias, programas diocesanos, religiosas y religiosos, y organizaciones católicas encarnan los principios del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia en atención directa a quienes migran. Su servicio no es accesorio ni sustituto; es expresión viva de una comunidad que acompaña. Pero no podemos olvidar que esa labor pastoral y humanitaria no exime a los Estados de su responsabilidad: corresponde a las autoridades garantizar la protección efectiva de los derechos de las personas migrantes y habilitar vías seguras y regulares para quienes se desplazan.


4.         Hago además hincapié en la necesidad de que la Iglesia mantenga una voz profética y coherente frente a los signos de los tiempos. Debemos reafirmar, sin ambigüedades, que la dignidad humana, el bien común y la solidaridad deben prevalecer sobre cualquier interés político o económico. El llamado evangélico —como nos recuerda la enseñanza del Papa León XIV en "Incluso uno solo de estos pequeños" — nos interpela a reconocer a cada persona migrante como un ser humano único, nunca como una cifra. Ellos nos piden, desde su fragilidad, una respuesta que los proteja y les devuelva esperanza.

 

5.         Debe señalarse también la preocupante brecha entre los compromisos formales asumidos por los Estados y la realidad efectiva sobre el terreno. Es urgente reducir esa distancia mediante acciones concretas: mejorar los sistemas de protección, asegurar procedimientos de asilo dignos, prevenir detenciones innecesarias y garantizar procesos justos y humanizadores. La obligación de proteger la vida y la dignidad de las personas migrantes y retornadas es una responsabilidad compartida que no admite excusas.

 

6.         Entre las causas que empujan a la gente a migrar forzosamente están los desastres socioambientales y los efectos adversos del cambio climático. Estas no son proyecciones a largo plazo: sus impactos ya se estánsintiendo ahora. Como Iglesia, debemos insistir en caminar con los más vulnerables, aquellos que no pueden volver a su territorio porque este ya no les ofrece las condiciones mínimas para vivir dignamente. De manera conjunta, necesitamos políticas que reconozcan el nexo entre cambio climático y movilidad humana, y que provean respuestas humanas y sostenibles.


7.         Deben preocuparnos también las ganancias que se generan alrededor de las políticas de detención, deportación, securitización y militarización migratoria. Tal como lo han señalado los obispos y como lo recordó el Papa León el año pasado, existen actores privados que se benefician económicamente de estos esquemas, mientras las personas sufren las peores consecuencias. Esa lógica mercantilizada atenta contra la justicia y la compasión que nos pide el Evangelio. Necesitamos transparencia, rendición de cuentas y la revisión de prácticas que anteponen lucro a dignidad.

 

8.         Aquí también quisiera hacer hincapié en la importancia de la articulación regional. En los últimos tres años, he trabajado con el Observatorio Social-Pastoral de Mesoamérica y el Caribe (OSMECA). Este espacio ha venido, durante varios años, a construir una voz regional coherente sobre migración, reuniendo a las conferencias episcopales de Centroamérica, México, Estados Unidos y Canadá para la reflexión crítica y la acción común en temas migratorios de interés regional. La experiencia de OSMECA demuestra que la migración exige respuestas que traspasan fronteras: coordinación pastoral, intercambio de información, incidencia conjunta en políticas públicas y una mirada que atienda las causas estructurales. La unidad regional fortalece la capacidad de la Iglesia para acompañar y defender la dignidad humana en contextos complejos, y quisiera subrayar la importancia de OSMECA como clave para la articulación que necesitamos, así como instancia pastoral donde realizar nuestro pensar y actuar en común.

 

9.         Desde mi experiencia pastoral en la frontera de El Paso veo de cerca las consecuencias humanas de políticas que desatienden la ley natural y la caridad: familias fragmentadas, incertidumbre prolongada, menores expuestos a riesgos, personas que viven en la invisibilidad y la precariedad. Frente a ello, la respuesta ha de ser múltiple: vías legales y seguras para migrantes que buscan empleo o reunificación familiar; sistemas de asilo efectivos; alternativas a la detención; acceso a asistencia legal y protección especial para mujeres, niñas, niños y adolescentes. Todo ello requiere voluntad política y cooperación internacional sostenida.

 

10.   Recordemos también las comunicaciones episcopales recientes —mensajes y cartas pastorales de obispos de Estados Unidos y de América Latina— han claramente denunciado redadas, separaciones familiares y prácticas que deshumanizan. Es imprescindible que estas voces sean escuchadas por quienes  toman  decisiones  y  que impulsen reformas concretas.

 

11.   Finalmente, quisiera dejar una reflexión que une migración y trabajo, un tema importante para el pontífice actual: como ha insistido la tradición y el magisterio, el trabajo no es una mercancía; es un ámbito central para la realización humana. Ver las conexiones entre migración y trabajo nos obliga a crear condiciones donde el trabajo dignifique la vida, donde la movilidad no sea producto de la exclusión sino una opción con protección y derechos. Si protegemos el trabajo digno, reducimos vulnerabilidades y afirmamos la dignidad de quienes migran y de las comunidades que los reciben.

 

12.   En conclusión: llamemos a gobiernos, organismos internacionales, sociedad civil y comunidades religiosas a intensificar la colaboración. No basta la asistencia emergente; se requieren transformaciones estructurales que reduzcan la vulnerabilidad, afronten las causas profundas de la migración y garanticen la protección y ladignidad de cada persona. Hagamos que nuestras políticas estén ordenadas por la justicia y la compasión, y que la coordinación regional sea una práctica permanente, no una reacción a crisis puntuales.

 

13.   Les reitero mi gratitud: gracias a los ponentes por sus análisis y testimonios, gracias a las organizaciones por su servicio incansable, y gracias a todos los participantes por este diálogo comprometido. Que nuestras palabras se traduzcan en acciones concretas que protejan la vida y promuevan la dignidad de cada persona migrante.

 

Muchas gracias a todos y todas.

 

                                           Mons. Mark J. Seitz, Obispo de El Paso

 
 
 

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Iniciativa pastoral con análisis e investigación sobre la migración en Mesoamérica y El Caribe.

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